Por: Charles Miller V.“No se debe obligar a una persona a aceptar que se prolongue su vida contra su voluntad y con base en la ética de una tercera persona.” Anónimo
Victoria Camps (Barcelona, 1941) es catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre 1993 a 1996 fue senadora por el PSC-PSOE. Ha sido consejera del Consell de l’Audiovisual de Catalunya. Es presidenta de la Fundación Víctor Grifols i Lucas y del Comité de Bioética de España. Entre sus libros destacan Virtudes públicas (Premio Espasa de Ensayo), El siglo de las mujeres, Una vida de calidad, La voluntad de vivir y Creer en la educación. En 2008 fue galardonada con el Premio Internacional Menéndez Pelayo.
Los debates de los que se habla en el libro La voluntad de vivir de la filosofa española, acerca de la eutanasia, de la muerte con dignidad han sido frecuentes en los últimos tiempos. Es uno de los temas centrales de la bioética, disciplina que ha ganado fuerza en los últimos años a partir del desarrollo alcanzado por la biotecnología y por otras ciencias y tecnologías concurrentes.
Para Camps, "el derecho siempre será heterónomo, mientras la moral es la expresión de la autonomía de la persona". Nos dice que "es una contradicción que el clamor constante para obtener mayor autonomía individual conviva con el lamento por la existencia de lo que se designa como vacíos legales. Sin esos vacíos, si pretendemos que la ley nos lo resuelva todo, queda poco espacio para la libertad". Esta autora considera una expresión de inmadurez moral el acudir al derecho en busca de solución a los conflictos individuales.
Su tesis de partida pudiera formularse como "querer vivir es, sin dudas, positivo, pero no lo es querer vivir de cualquier manera". No obstante esta aparente inclinación de la autora hacia el recurso de la eutanasia, no deja de problematizar los encuentros entre la ética médica y la del paciente:
Actuar «en beneficio de los enfermos» es uno de los principios del Juramento Hipocrático, al que hoy llamamos «principio de beneficencia». La consideración de lo que es bueno para el otro siempre comporta un riesgo de subjetividad y de choque con otro de los principios de la bioética: la autonomía del paciente que quizás entiende lo que es su bien de otra manera.
Camps dice que es la autonomía el principio más novedoso de la ética médica, por tanto el más controvertido en la actualidad y recurre a la filosofía occidental, Kant, Stuart Mill, Locke, para llevarnos de la mano por las disquisiciones seguidas acerca de libertad y autonomía, e introducirnos en el concepto del «consentimiento informado», como autonomía del paciente.
La autonomía es un concepto de la filosofía y la psicología evolutiva que expresa la capacidad para darse normas a uno mismo sin influencia de presiones externas o internas. El principio de autonomía tiene un carácter imperativo y debe respetarse como norma. En el ámbito médico, el consentimiento informado es la máxima expresión de este principio de autonomía, constituyendo un derecho del paciente y un deber del médico, pues las preferencias y los valores del enfermo son primordiales desde el punto de vista ético y supone que el objetivo del médico es respetar esta autonomía porque se trata de la salud del paciente.
Una cita de La voluntad de vivir alude a que "En el ámbito de la moral, como también en el político, los cambios y las innovaciones obligan, obviamente, a modificar los puntos de vista tradicionales". De eso se trata, de estar dispuestos a admitir los cambios generados en las últimas décadas en todos los terrenos de las ciencias, y de la moral, sólo así estaremos en disposición de decidirnos o no por cuestiones como las que sirven de tema al libro.
Aunque el debate sobre la despenalización de la eutanasia vuelve a estar de actualidad, es un hecho que nadie quiere morir. Si algo une a los seres vivos es el instinto o la voluntad de conservar la vida. Pero también es cierto que, junto a la voluntad de vivir, existe el temor a tener que vivir en malas condiciones. Los avances de la ciencia y de las tecnologías alargan las expectativas de vida, pero no siempre consiguen paliar el sufrimiento, evitar la dependencia y la falta de sentido. Si la dignidad es la característica esencial del ser humano, la voluntad de vivir ha de ir unida a la de vivir dignamente. Afrontarla muerte como una opción libre no es oponerse al valor indiscutible de la vida, sino a negarse a someterse sin más a todas las posibilidades que ofrece la biotecnología.
Ahora bien, condenado a vivir, suena extraño escuchar esa frase cuando tradicionalmente se escucha decir, condenado a morir, pues existe gente para la cual la muerte (digna) representa uno de los mejores estadios de su temporalidad y más aún cuando padecen una enfermedad o cuando los postergan a vivir en condiciones no adecuadas o padeciendo el dolor de esa postergación simplemente por el hecho de satisfacer a sus familiares o la ética médica (de los médicos) con su presencia y lucha por alargar el ciclo de vida. El médico debe ser educado en ética médica y en los valores, de forma que sepa anteponer el interés del paciente al suyo personal, y saber lo que significa ser un buen médico y un buen profesional, formando su carácter moral.
La medicina se beneficiaría y se humanizaría si los médicos funcionaran siempre en su relación con el paciente en un modelo comunicacional deliberativo o interpretativo, que atienda tanto lo biológico, como lo psicológico, lo espiritual y lo social; no bajo un modelo paternalista, que deja a un lado la reflexión; ni bajo un modelo contractual o consumista, que abandonan la confianza que debe establecerse entre el médico y el paciente; ni bajo un modelo biomédico que ignora los factores psicológicos y espirituales de la enfermedad.
Pero en esta lucha por morir dignamente o apelando a estancias jurídicas para reclamar su propia muerte, el paciente no encuentra respuestas ni soluciones de parte de los gobiernos quienes desconocen que sus negativas sólo hacen más que empujar a esta pobre gente condenada a vivir, al suicidio.
Camps, trata de explicar la manera en que las prácticas privadas se institucionalizan e influyen en nuestra vida individual, y también en el terreno de la bioética, donde percibimos nítidamente una serie de elecciones "privadas" que tienen consecuencias para las instituciones, por ejemplo, de salud, así como prácticas institucionalizadas que, a su vez, afectan las decisiones individuales.
Existen leyes que impiden morir con dignidad son "anticuadas, crueles e innecesarias" y no tienen en la cuenta a personas que están enfermas y que saben que posteriormente van a morir pero que antes de eso van a padecer y desean morir para evitar todo esto, teniendo sólo presente la ayuda al enfermo terminal, testimonios como "mi cáncer puede matarme de varias formas, algunas de ellas muy dolorosas e intolerables y que me gustaría evitar, pero nuestras leyes retrógradas y crueles me obligarán a sufrir hasta el final o suicidarme" dan cuenta de lo anterior, por esto muchos o algunos esperan un golpe de suerte, mucha suerte, si fallecen de un infarto o una neumonía.
La sola idea de que aquellos en estado terminal o con enfermedades dolorosas opten por una salida digna no ha sido fácil de vender. Los políticos no han entendido que más allá de que las leyes defienden los derechos humanos, también es un derecho muy humano el que alguien quiera morir con dignidad. Cuando la calidad de vida se ha deteriorado tanto que ya no se la está disfrutando, querer morir es tan racional y aceptable que no se trata de una decisión entre la vida y la muerte sino de una decisión sobre cómo, cuándo y dónde se quiere morir dignamente.
En el Congreso colombiano, mucho se ha logrado aunque no tengamos todavía aprobada una ley como las que ya rigen con todo éxito en Holanda, Bélgica, Luxemburgo y algunos estados de Norteamérica; número creciente de senadores y representantes entienden esta posición y están de acuerdo con ella.
En Colombia se ha conseguido la comprensión de los médicos y demás profesionales de la salud, que ya no ponen en duda la validez de las decisiones anticipadas sobre el final de la vida y las aceptan como parte normal de los derechos de la persona enferma; también, la progresiva ilustración de los ciudadanos, que cada día piensan y hablan de la muerte y del morir con menos temor y mas humanismo.
Todavía hay mucho camino por recorrer y si queremos disfrutar de una vida de calidad, es urgente que empecemos a dar respuestas éticas a los retos que nos plantean la biotecnología y las nuevas concepciones de la salud y la enfermedad: la ayuda a morir, la investigación con embriones, el respeto a las decisiones del paciente, la reproducción asistida, la manipulación genética y tantas otras cuestiones que hoy nos inquietan y nos sumergen en la incertidumbre moral.
La profesora Victoria Camps dice que las decisiones realmente importantes nunca son exclusivamente privadas ni conciernen sólo al individuo que las toma, por lo que es preciso agregar las voluntades a fin de evitar respuestas arbitrarias, interesadas o corporativas a los dilemas morales de nuestro tiempo; esto es, nos exhorta a ejercer una suerte de autorregulación colectiva, que viene a ser «la sabiduría consistente en hacer lo que conviene en cada momento, lo justo en el momento justo» para algún día poder decir que el derecho humano fundamental a la muerte digna es una de las piedras angulares del edificio democrático que abriga y protege a los colombianos.
Desde 1997, gracias a la sentencia de la Honorable Corte Constitucional, entre las decisiones que puede tomar válidamente la persona que se acerca al término de la vida, si padece intensos sufrimientos que no tienen otra posibilidad de alivio, está la de pedir a su médico que le ayude a morir para que tales sufrimientos no se prolonguen como intolerable agonía.
Colombia es pionera en tan humanitaria decisión, dentro de América Latina. El médico que atienda esa solicitud, si cumple las exigencias planteadas por la sentencia mencionada, es decir, que se trate de enfermo en la etapa final, bajo intensos sufrimientos ya intratables y que pida en forma razonada y reiterada la muerte, no será castigado porque su conducta está justificada.
Esta autorización no significa que la eutanasia se pueda aplicar sin consentimiento del enfermo, sino instrucción para aplicar o dejar de aplicar determinados tratamientos cuando ya no sean útiles.
Finalizando y coincidiendo con el pensamiento de la profesora Camps creo que no se puede olvidar la dignidad y la calidad de vida cuando se está batallando entre la vida y la muerte, pues morir dignamente es un derecho, no un capricho.